Nunca creí que sería tan díficil hacerme a la idea de dejarme llevar por el destino. Es la segunda ocasión, desde hace ya más de una década, que pongo en juego, como si de una lotería se tratará, el lugar donde trabajaré. Durante los restantes 360 días del año, apenas me acuerdo de la situación administrativa de la que dependo; mi entrega, mis esfuerzos, mis ilusiones, están atadas, cual tela tejida con esmero, a un centro, un grupo de compañeros y a mis alumnos, por los que me entrego al máximo y vivo intentando transmitirles las ansias por aprender.
Se hace díficil, como decía, pensar que en cuestión de unas horas se resolverá el dilema que durará un nuevo curso o el resto de mi trayectoria, el comenzar en el lugar que se me destinó hace ya unos años, a unos cuantos kilómetros y que distanciará, para siempre, las vivencias del día a día en "mi Azud". Espero que esta situación aún se prorrogue un poco más y que de nuevo vuelva a esas paredes, con mis alumnos.
Pronto, un único destino y el interrogante se disipará.


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