Desde que suena el despertador, tus pies son los que deciden dónde llevarte. Uno tras o otro te hacen avanzar, más despacio que el tiempo que te persigue y, al acecho, te impone que tomes decisiones. No se te permite echar el freno de mano ni tan siquiera si te quieres tomar  un descanso, todo sigue y sigue, irrefrenablemente. Y es más cuando tu tiempo lo tienen en sus manos los demás, cuando parece que, como en un campo sin barreras, disponen de él a su antojo, sin poder encontrar, aún deseándolo, el aburrimiento; pero eso no entra , parece ser, en mi dictamen. Mi vida, ahora, es una avalancha de acontecimientos ininterrumpidos. Busco el silencio, el momento de no ahogarme y oir mi interior.